El efecto de un buen día


Seguramente él no se acuerda, porque tiene un millón de cosas más importantes en qué pensar, pero para mí fue uno de los mejores días, de esos que se te quedan grabados en la memoria porque son perfectos y porque te definen e impactan. Fue un domingo, yo tenía 8 años, y me llevó junto con mis primos a pasear al centro de Coyoacán, en donde nos compró pulseras, esquites, helados y churros. También colaboró en el show de un mimo y antes de que terminara la tarde nos llevó al Sótano, en donde me compró "Cuentos de Hadas", el mismo libro que le regaló a su hija, sin distinción ni diferencia, y que me hizo sentir culta e importante.


Hace dos meses, un domingo también, fue a la casa a recoger a mis papás para ir a comer, no sin antes alborotarme para que los acompañara. Mientras me tomaba una pastilla para la migraña, notó junto a mi cama la novela que entonces estaba leyendo, 2666 de Roberto Bolaño. -¿Qué tal está?-, preguntó. -Es el mejor libro que he leído en la vida y aún no lo he terminado-, respondí. -Cuando lo termines, me lo prestas-. Aunque sabía que no aceptaría, pensé en regalárselo para corresponderlo por haberme dado mi primer libro, el cual, por cierto, todavía conservo, y por haberme enseñado las ganas de leer y aprender, y de caminar por la ciudad y de disfrutar sus oasis, y para decirle, sin palabras, gracias Gabriel por haber hecho tanto por mí en un solo día.

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