La muñeca fea


Encontré a la muñeca fea. Estaba toda rota, como si se hubiera enfrentado contra un batallón. Sus brazos débiles colgaban; sus piernas eran prácticamente hilos que le impedían ponerse de pie. Las lágrimas de aserrín cubrían todo su rostro, y, de no pararse la fuga, terminaría vacía, sin forma, sin nada.

Por el material con el que estaba hecha, supe que, en otros tiempos, la muñeca fea había sido digna de aparador. Aún quedaban rastros de su belleza, de su gracia, de lo delicada que era. Es una pena, pensé, que alguien la haya desechado.

La recogí del rincón en el que estaba, con cuidado para que no terminara de romperse. Compré todo lo necesario para arreglarla y me puse a trabajar. Compuse sus ojitos con dos botones cafés; a su pelo le puse un estambre oscuro que hacía contraste con su blanca piel; la rellené con aserrín; la lavé; le cosí sus brazos y sus piernas para que volvieran a estar firmes; le hice un vestido de colores, le puse sus zapatitos y la peiné con un listón. Como toque final, dibujé una sonrisa en su cara y la nombré María, porque había sido la elegida, porque era la más especial.

Cuando la puse en una vitrina, confirmé que mi muñeca era la más bonita de todas, sólo faltaba que alguien se diera cuenta, que le dedicaran un poco de tiempo, que tuvieran fe en ella, que la quisieran reparar.

Comentarios

  1. No hay muñecas feas, las personas a su alrededor son las que las hacen sentir feas, porque no saben valorarlas. Pero ten por seguro que tarde o temprano llega la persona que sabe ver su verdadera belleza. tqm

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  2. No puedo estar más de acuerdo con el nombre.

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