Save the last dance for me...

Conocí muy poco a mi abuelo; el tiempo me ganó la partida. Tenía 6 años cuando murió en su cama, en el mismo lugar en el que solía comer frutos secos y beber Sangría Señorial. Lo recuerdo más por lo que dicen de él, que por lo que realmente viví a su lado, pero, apuesto, a nadie le apasionaría tanto su vida como a mí.

Lo imagino muchas veces con sus pantalones de pachuco, su saco largo y un sombrero heredado de algún amigo. Lo veo coqueteando con la galantería que habría aprendido en una película de Pedro Infante o que, tal vez, algún artista venido a más le copió, porque él fue un hijo pródigo de los locos años 20.

Lo supongo con su ceño fruncido, tratando de leer la mente de las personas que están a su alrededor, ocultando, así, el miedo que le daba vivir la buena vida que se negó a aceptar. Lo pienso aprendiendo lecciones que no quería absorber, porque su orgullo no le permitía ser blando. Lo miro dando lecciones de humildad, de sencillez, de nobleza, de locura.

También contemplo sus pasos en El Salón México y, cuando lo hago, pienso en lo mucho que me habría gustado que me reservara el último baile de la noche.

Comentarios

  1. No puedo entenderte mejor al pensar en mi abuelo, imaginarlo como dices, y saber que aunque no lo conocí, hay mucho de él en mí.

    Entrañable relato, desde el detalle de imaginarlo con el ceño fruncido y coqueteando con galantería.

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  2. A PESAR DE LO POCO QUE CONVIVISTE CON ÉL, NO HAY MEJOR MANERA DE DESCRIBIRLO DE COMO TU LO HAS HECHO, TQM

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  3. Y NO TE PODRÍAS IMAGINAR PORQUE YO SI TE PUEDO DECIR, LO ORGULLOSO QUE SE SENTIRIA SI PUDIERA VERTE AHORA

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  4. No puedo dormir. Luego sabrás xq. Volví a leerlo y lo amé.

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